miércoles , abril 8 2020
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Carta a los Fieles de la Diócesis de Tacna y Moquegua frente a la Pandemia del Covid-19

CARTA A LOS FIELES DE LA DIÓCESIS DE TACNA Y MOQUEGUA

 

AMADOS HERMANOS Y HERMANAS

He celebrado la Santa Eucaristía y he pedido por cada uno de ustedes que conforman  el pueblo santo de Dios que peregrina en Tacna y Moquegua. También he suplicado al Señor Jesús que aleje de la humanidad  la terrible amenaza del covid-19 que en la actualidad causa contagios y muertes. En la acción de gracias me vino la idea de escribirles como si estuviéramos conversando, hablando y manifestarles mi cercanía, mi cariño  y oración. Me viene al recuerdo la escena de la tormenta desatada en el lago, era tan fuerte que las olas cubrían la barca. Los discípulos muy asustados y desesperados fueron a despertar al Maestro que dormía y le dijeron: “Maestro ¿no te importa que nos estemos hundiendo? Jesús se levantó  y dio una orden al viento  y dijo al mar: “silencio, quédate quieto”, el viento se calmó y todo quedó completamente tranquilo; después dijo a sus discípulos: ¿por qué están asustados? ¿todavía no tienen fe? (Mc 4,35-41)

Que duda cabe que la escena de la borrasca en el lago podemos recrearla – la tormenta que nos amenaza actualmente-  con la situación del Covid-19: el virus es la tormenta que quiere hundir la barca de la vida humana y nosotros, que nos sentíamos muy seguros apoyados en los progresos y adelantos científicos, hemos vuelto a mirar a Jesús… a despertarle con la queja en los labios: ¿no te importa que muramos? Sí, que duda cabe, que la pandemia del Covid-19 está poniendo en evidencia que es muy conveniente y necesario tener a Dios en nuestra barca; hay que reconocer con humildad que este virus diminuto nos está removiendo y metiendo mucho miedo, es hora de escuchar la voz del Maestro: ¿Por qué están asustados? No tienen fe? El Señor Jesús nos dice: “Yo estoy con ustedes… yo estoy contigo… Sí, el Señor de la vida que es Luz, Camino y Vida, está en medio de una humanidad atenazada por el miedo y las gigantescas olas nos pueden impedir que veamos al Señor.

Atrevámonos a mirar al Señor y decirle como Pedro “Señor ¿a quién vamos a ir? Si tú tienes Palabras de Vida Eterna”. Ahora que estamos bajo un estado de aislamiento social que nos hace estar en nuestros hogares y al mismo tiempo pendientes de las noticias del País y del Mundo , de que si la curva del contagio  está controlada o no, de que si aumentan los casos de infectados y un largo etc., corremos el riesgo  de que nuestro sistema nervioso se resienta y lentamente caer en una histeria colectiva, volvernos malgeniados, irritables, aún más, si dejamos que la imaginación -Santa Teresa de Jesús la llamaba la loca de la casa-  nos domine, y creamos en todas las noticias falsas que aparecen en las redes sociales, todo esto nos hará perder la paz. Una cosa es ser muy  obedientes,  rigurosos  y observantes con las indicaciones de prevención para no contraer el virus y otra cosa muy distinta es perder la serenidad; imaginando que todas las personas son portadoras del virus  y que me van a infectar… entonces caemos en pánico y en una psicosis colectiva.

Todos deseamos ardientemente que el Covid-19 se aleje de nosotros. Y así será, ciertamente, pero me pregunto: ¿qué secuelas nos dejará?  No permitamos que nos inocule el veneno de la desesperación, que nos paralice. Alguien me decía: “ahora ya nada será igual, la pandemia nos ha cambiado la vida”. Seguramente que hay algo de cierto en esta frase, pero tratemos de mirar hacia el lado positivo, para bien. Que la lección sea ser más generosos con nuestros hermanos que sufren, para estar más dispuestos a ayudar a los demás, para querer sin medida, para olvidar los odios y resentimientos; entonces el covid-19 ha supuesto un gran desafío: nos ha retado a ser mejores personas, más comprensivos con los demás… yo me atrevería a afirmar que “la pandemia se ha convertido en un tiempo de transformación y de gracia para mirar a Dios y a los demás, olvidándonos de nosotros mismos”.

En estos días que nos encontramos en casa confinados en medio de los nuestros, evitemos agrandar los defectos de los demás, miremos también las virtudes  de nuestros hermanos, padres y abuelos. ¡Qué ocasión tan extraordinaria tenemos para hacer la vida agradable a los demás!: tengamos un horario, la casa no es un hospedaje para personas extrañas, un horario para levantarnos y acostarnos, el tiempo a lo largo del día programado… ¿qué voy  a hacer? voy a trabajar en esto, en lo otro… ayudar en las tareas domésticas. Por ello me permito decirte a ti niño, a ti joven: ¡ayuda a tus padres! No esperes que te lo repitan cien veces, no esperes que te lo hagan todo… A ti papá, a ti mamá confía una vez más en tus hijos, vuelve a escribirles un “cheque en blanco”, da confianza y apertura, tal vez ahora cambien, tal vez ahora te escuchen, a lo mejor ahora recapacitan y se rectifican. Mientras tanto, no nos cansemos de rezar, ayudémonos unos a otros con la oración y la  acción, con una caridad solícita y activa. Quedémonos en casa, no salgamos, seamos respetuosos y acatemos las indicaciones que nos dan las autoridades.

A  todos les digo: recemos y confiemos en el Señor de la barca, Él claramente dominará las tormentas porque Él es el Señor de la historia, de nuestra personal historia. Que el  Señor nos libre de todo mal y que la Virgen del santo rosario nos cubra con su manto.

Con mi especial bendición de padre y Pastor,

Mons. Marco Antonio Cortez Lara

Obispo de Tacna y Moquegua

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