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Reflexión Dominical del Obispo: «Tú eres mi hijo»

«Tú eres mi hijo»

Con la fiesta del Bautismo del Señor que estamos celebrando hoy, se concluye el tiempo de Navidad y se abre el Tiempo Ordinario. Desde el nacimiento de Jesús a su Bautismo se da un salto de treinta años transcurridos en la cotidianidad y que hoy se hace pública, por eso podemos hablar de una Epifanía, de una manifestación de Jesús donde nos revela su identidad, sellada por la voz del Padre que se deja oír entre las nubes después de su bautismo: <<Tú eres mi hijo; en ti me complazco>>.

Efectivamente Jesucristo es el Hijo del Padre, y junto con el Espíritu Santo que descendió en forma corporal, como una paloma, se manifiestan los miembros dela Santa Trinidad. En Jesús hecho hombre, que se hace solidario a nuestra humanidad pecadora, todos nosotros somos llamados también: hijos muy amados de Dios, todos los días y especialmente el día de nuestro bautismo Dios dice de nosotros <<Tú eres mi hijo>>.

Toda esta realidad que nos desborda se nos da a conocer mientras «Jesús,ya bautizado, se hallaba en oración», es entonces que «se abrió el cielo» y tanto el Padre como el Espíritu Santo se manifiestan. Resaltamos aquí el valor de la oración como aquella que abre el cielo, tantas veces nuestros días se muestran grises, parece que ya no hay salida, recurre entonces a la oración, al diálogo continuo con el Padre, el Hijo del Jesucristo y el Espíritu Santo, y también para ti se abrirá el cielo; no se trata de un momento sino de una actitud constante aún en medio de cuanto hacemos, es lo que se llama estar en presencia de Dios.

La oración abre el cielo de las nubes de nuestro egoísmo, de pesimismo, de la infidelidad, de nuestro pecado y de tantas otras realidades que oscurecen nuestra vida, nuestra familia, nuestra sociedad. Para orar se requiere una humildad semejante a la de San Juan Bautista, que no aprovecha su fama ni el pensar de la gente que lo tenía por el Mesías, sino que se reconoce débil «el que esta de llegar el que es más fuerte que yo»; frente a Jesucristo dice de sí que ni siquiera es digno de desatarle la correa de sus sandalias, propio de los sirvientes; es decir la oración requiere reconocer que no somos Dios, no somos omnipotentes, sino frágiles, necesitados, y la primera necesidad que tenemos es la de convertirnos, de cambiar la vida.

En esta tarea continua de la conversión no estamos solos, contamos con nuestro Salvador Jesucristo que en su bautismo se ha hecho solidario a nuestra fragilidad, no con el pecado sino con nosotros pecadores, y nos muestra el sentido último de nuestra existencia: descubrirnos amados por Dios y con la capacidad de amar que empieza con el perdonar y pedir perdón, empecemos hoy.

+Mons. Marco Antonio Cortez Lara

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