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Homilía del Obispo en la Misa de Apertura del Jubileo Diocesano por los 75 años de la Diócesis de Tacna y Moquegua

HOMILIA CON MOTIVO DEL AÑO JUBILAR POR LOS 75 AÑOS DE CREACIÓN

DE LA DIÓCESIS DE TACNA Y MOQUEGUA

“En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero (cfr. Mt. 28, 19). Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador (…) La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados (…) Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús¸ ya no decimos que somos “discípulos y misioneros”, sino que somos siempre “discípulos misioneros” (Evan Gaudium N. 120)

Amados hermanos y hermanas en Cristo Misionero del Padre y en María Estrella Radiante de la Evangelización:

Nos encontramos, por gracia de Dios, celebrando el septuagésimo cuarto aniversario de creación de nuestra amada Iglesia de Tacna y Moquegua, erigida el 18 de diciembre de 1944 por el Siervo de Dios Pío XII con la Bula Pontificia “Nihil potius antiquius” –que traducido al castellano se puede decir: Nada se antepone a lo memorable- Digo por “gracia de Dios”, ya que la Divina Providencia ha dispuesto que seamos todos los que formamos parte del Pueblo de Dios que peregrina en estas latitudes, los que demos inicio al año Jubilar desde este momento hasta el próximo año que celebraremos los 75 de vida como Iglesia diocesana y los 25 años de nuestro Proyecto de Pastoral. Así mismo, estamos invitados a elevar nuestras voces de gratitud al Supremo Pastor por nuestra vocación de cristianos en unión con aquellos hermanos que nos presidieron en el signo de la fe, de la esperanza y de la caridad y fueron las primeras generaciones de cristianos que forjaron esta diócesis. Vaya para ellos nuestra gratitud y admiración; ellos son obispos, sacerdotes, comunidades religiosas, diáconos, laicos de las distintas comunidades parroquiales, instituciones benéficas, diócesis hermanas que apoyaron y siguen apoyando con envío de sacerdotes, movimientos y asociaciones laicales que trabajan por la extensión del reino de Dios. Una multitud que no se puede contar de cristianos que han dado su vida al servicio del Evangelio en los cuatro sectores de la diócesis.

Cómo no recordar a los que roturaron el campo de la evangelización a lo largo de estos 74 años. Gracias a ellos nosotros estamos ahora aquí para poder decir: “75 años con Cristo sembrando paz y esperanza” Hemos recibido el don de la fe por el testimonio heroico de miles y miles de cristianos de estas tierras que vivieron su fe sin temores y cálculos humanos. Ellos son los protagonistas de los “Hechos de los Apóstoles de la Iglesia de Tacna y Moquegua”, son páginas escritas con valentía y generosidad, trabajaron con visión de futuro, sembraron la semilla de la fe desde su realidad concreta: ellos fueron los catequistas, los maestros y maestras que trabajaron en la zona rural, los venidos de fuera que se encarnaron en la realidad dura y adversa de nuestro territorio, ellos fueron los humildes trabajadores de la Viña del Señor que araron con sudor la tierra para sembrar la semilla de la evangelización.

Ciertamente, nuestra Iglesia no nace como comunidad creyente cuando fue creada como diócesis; pues, estas tierras ya estaban bendecidas de siglos atrás por la Palabra de Dios que los evangelizadores habían expandido generosamente con su testimonio de vida. Comunidades de vida consagrada habían enviado a sus mejores miembros para sembrar la semilla del Evangelio. Por lo tanto, debemos reconocer con humildad y responsabilidad que somos herederos de una rica herencia de discípulos misioneros que dejaron su vida para transmitir la Buen Noticia que es Jesucristo Nuestro Señor. Y a lo largo de todo este tiempo, la Diócesis fue creciendo a modo de la semilla de mostaza del Evangelio hasta llegar a nosotros con más parroquias, teniendo clero propio, precisamente en este día celebran su aniversario sacerdotal, los Padres Edilberto y Marcos Esquicha, sin olvidar a los sacerdotes que alrededor de este día –antes o después- cumplen un año más de entrega al servicio a la Iglesia local. No quiero dejar de mencionar qué a lo largo de estos años, la diócesis se ha ido haciendo de estructuras eclesiales y pastorales, como el PRED, el seminario misionero “San José”, Caritas diocesana, centros de atención social, etc, etc.; es decir tantos motivos por qué dar gracias al Altísimo.

Por tanto, queridos hermanos y hermanas:  debemos tomar mayor conciencia de nuestra misión y tarea de evangelizar a la que estamos llamados por vocación, sin temores ni complejos; sin quejas ni pesimismos, sin el orgullo enfermizo de creerse necesarios y absolutos, como si la Iglesia no puede avanzar sin uno. Ya lo decía San Pablo, saliendo al frente del problema originado entre los cristianos de Corintio:

 «¿Qué es, pues Apolo? ¿Qué es Pablo? ¡Servidores, por medio de los cuales han creído!, y cada uno según lo que el Señor les concedió: Yo planté, Apolo regó; mas fue Dios quien dio el crecimiento. De modo que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que hace crecer. Y el que planta y el que riega son una misma cosa; ya que somos colaboradores de Dios y ustedes, campo de Dios, edificación de Dios” (I Cor. 3, 5-7).

Por tal motivo, invito a todos los miembros de esta Iglesia diocesana a que se enamoren cada vez más de su vocación de cristianos sin temores ni cálculos mundanos, enamórense de Cristo el Señor. Ya lo dice el Papa en su Exhortación Apostólica Evangelium Gaudium:

  “La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre (…) Todos pueden participar de alguna manera en la vida eclesial, todos pueden integrar la comunidad (…) a menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna, donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas” ( E. G. n. 47)

Todos debemos admitir que somos por voluntad del mismos Cristo, depositarios y transmisores de su Evangelio: los nuevos Apolos y Pablos, Aquilas y Priscilas, sin diferencias ni discriminaciones; aceptemos que los cristianos de esta hora debemos asumir la responsabilidad con el espíritu de nuestros hermanos que forjaron y pusieron las primeras piedras de la evangelización; nada de excentricidades, nada de exclusivismos, nada de dependencias nocivas a un plan de pastoral que dependa de nosotros, trabajemos con el espíritu de nuestros mayores y no queramos que los hermanos pasen por el aro de nuestros caprichos: Es que las cosas tienen que ser así cómo yo lo digo; así siempre ha sido, fulanito de tal lo ha previsto así, etc, etc. No caigamos en exclusivismos paralizantes; al contrario, tengamos la audacia de crear una Iglesia en salida y peregrina samaritana y misericordiosa a la vez.

La salvación de Dios llega siempre a los corazones dispuestos; así lo expresa la primera lectura del profeta Isaías: “Mi salvación está para llegar, y se va a revelar mi victoria (…) los atraeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración” (Is. 56, 1.6-7)

Por ende, queridos hermanos y hermanas, nuestra solemne celebración por los 74 años de creación de nuestra amada diócesis, nos tiene que motivar a renovar en el espíritu de la tradición de los cristianos que nos han precedido, el deseo de servir como nuestra Madre la Iglesia quiere que la sirvamos. Si nuestra Iglesia asume su vocación de servicio al Evangelio, entonces asume también el entero dinamismo misionero sin excepciones. Hoy y siempre debemos asumir con generosidad el mandato imperativo del Señor: “Vayan y prediquen el Evangelio a todas las criaturas”.

“Ir”, “salir”, “predicar”, “evangelizar”, “transmitir”, son verbos que expresan dinamismo, una vitalidad, una fecundidad; es bastante lo que se ha hecho hasta ahora, pero es insuficiente. Hoy debemos asumir el reto de evangelizar en un ambiente totalmente descristianizado, que se resiste a acoger la Buena Nueva de Jesucristo, no obstante que la misión por esencia de un cristiano es transmitir el mensaje íntegro de su Señor. Es por ello, que no debemos dormirnos en nuestros laureles ni contentarnos con lo realizado; que razón tiene el Papa Francisco al expresar:

“Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la auto preservación” (E.G. N. 27).

Y yo me pregunto: ¿Y por qué sólo el Santo Padre Francisco tendría el derecho de soñar con una opción totalmente evangelizadora que nace del corazón de Cristo?; ¿por qué no nos atrevemos nosotros a soñar y, no solo soñar, sino hacer realidad el mandato del Señor?; ¿Es qué, acaso, se ha disminuido la acción sobrenatural en nuestras vidas?; ¿qué vamos a esperar? si Pentecostés –la acción vivificadora del Espíritu Santo- sopla con tanta fuerza como en los comienzos de la Iglesia?

Por tal motivo invito a todos: sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos en cualquier situación y lugar que se encuentren a renovar su compromiso con Cristo y dejarse encontrar con Él, intentarlo cada día sin desánimo. Ya lo dice el Papa Francisco en su mensaje que ha tenido a bien dirigirnos pues nos invita a que sigamos colaborando para que llegue a todos la alegría del Evangelio y la fortaleza de los sacramentos, como también nuestro testimonio de cristianos para que sea estímulo para que otros crean y puedan experimentar la ternura y la misericordia de Dios en sus vidas.

¡Cuánto hay por hacer! Observemos nuestra sociedad y nos daremos cuenta que hace falta, pero mucha falta la luz y la sal del testimonio cristiano en nuestro mundo. Seremos capaces de transformar las estructuras de pecado por la propuesta de Cristo que ha venido a ser Camino, Verdad y Vida.

Tenemos una estupenda oportunidad, la de nuestra celebración jubilar para transformar las realidades temporales, incapaces de aportar cambios sustanciales en la vida de cada hombre y mujer, en auténticas propuestas de vida y de fraternidad. Tenemos la ocasión, no la desperdiciemos, de ir por las sendas existenciales donde se encuentran nuestros hermanos, los que han perdido la fe, los que se han alejado de la Iglesia por los escándalos y pecados de algunos de sus miembros; allí en los caminos de la vida se encuentran tantos hombres y mujeres postrados, ciegos, escandalizados que necesitan de nuestro testimonio de vida; lo digo con las palabras de Pedro: “Den razón de su esperanza a quiénes se la pidan”. Y, ¿acaso hoy y ahora no hay quién nos pida que seamos coherentes con lo que decimos ser?

María, nuestra Madre bendita, que ha estado desde los comienzos en los corazones y en las comunidades parroquiales, ella incentivará la nueva etapa que emprendemos a partir de este tiempo jubilar. Invito pues a todos a renovarnos en el compromiso de tener un solo corazón y una sola alma a ejemplo de las primeras comunidades de cristianos, qué a la sombra de María, Madre de la Iglesia, crecieron y evangelizaron con amor y ternura, conocedores de que el señor Jesús los “primereaba”, como le gusta decir al Papa Francisco

Hermanos y Hermanas: ésta es la hora, es el momento de todos nosotros para extender las velas de la barca de la Iglesia de Tacna y Moquegua, para que el Espíritu Santo sople con fuerza y vayamos confiados por las aguas profundas de la misión y evangelización.

ASI SEA.

+Mons. Marco Antonio Cortez Lara

Obispo de la Diócesis de Tacna y Moquegua

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