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Especial Cuaresma 2018

¿Qué es la Cuaresma?

¿Qué es la Cuaresma?

La Cuaresma es el tiempo litúrgico de conversión, que marca la Iglesia para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua. Es tiempo para arrepentirnos de nuestros pecados y de cambiar algo de nosotros para ser mejores y poder vivir más cerca de Cristo.

La Cuaresma dura 40 días; comienza el Miércoles de Ceniza y termina antes de la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo. A lo largo de este tiempo, sobre todo en la liturgia del domingo, hacemos un esfuerzo por recuperar el ritmo y estilo de verdaderos creyentes que debemos vivir como hijos de Dios.

El color litúrgico de este tiempo es el morado que significa luto y penitencia. Es un tiempo de reflexión, de penitencia, de conversión espiritual; tiempo de preparación al misterio pascual.

En la Cuaresma, Cristo nos invita a cambiar de vida. La Iglesia nos invita a vivir la Cuaresma como un camino hacia Jesucristo, escuchando la Palabra de Dios, orando, compartiendo con el prójimo y haciendo obras buenas. Nos invita a vivir una serie de actitudes cristianas que nos ayudan a parecernos más a Jesucristo, ya que por acción de nuestro pecado, nos alejamos más de Dios.

Por ello, la Cuaresma es el tiempo del perdón y de la reconciliación fraterna. Cada día, durante toda la vida, hemos de arrojar de nuestros corazones el odio, el rencor, la envidia, los celos que se oponen a nuestro amor a Dios y a los hermanos. En Cuaresma, aprendemos a conocer y apreciar la Cruz de Jesús. Con esto aprendemos también a tomar nuestra cruz con alegría para alcanzar la gloria de la resurrección.

Fuente: aciprensa

¿Cómo vivir la Cuaresma?

¿Cómo vivir la Cuaresma?

Durante este tiempo especial de purificación, contamos con una serie de medios concretos que la Iglesia nos propone y que nos ayudan a vivir la dinámica cuaresmal.

Ante todo, la vida de oración, condición indispensable para el encuentro con Dios. En la oración, si el creyente ingresa en el diálogo íntimo con el Señor, deja que la gracia divina penetre su corazón y, a semejanza de Santa María, se abre la oración del Espíritu cooperando a ella con su respuesta libre y generosa (ver Lc 1,38).

Asimismo, también debemos intensificar la escucha y la meditación atenta a la Palabra de Dios, la asistencia frecuente al Sacramento de la Reconciliación y la Eucaristía, lo mismo la práctica del ayuno, según las posibilidades de cada uno.

La mortificación y la renuncia en las circunstancias ordinarias de nuestra vida, también constituyen un medio concreto para vivir el espíritu de Cuaresma. No se trata tanto de crear ocasiones extraordinarias, sino más bien, de saber ofrecer aquellas circunstancias cotidianas que nos son molestas, de aceptar con humildad, gozo y alegría, los distintos contratiempos que se nos presentan a diario. De la misma manera, el saber renunciar a ciertas cosas legítimas nos ayuda a vivir el desapego y desprendimiento.

De entre las distintas prácticas cuaresmales que nos propone la Iglesia, la vivencia de la caridad ocupa un lugar especial. Así nos lo recuerda San León Magno: “Estos días cuaresmales nos invitan de manera apremiante al ejercicio de la caridad; si deseamos llegar a la Pascua santificados en nuestro ser, debemos poner un interés especialísimo en la adquisición de esta virtud, que contiene en si a las demás y cubre multitud de pecados”.

Esta vivencia de la caridad debemos vivirla de manera especial con aquél a quien tenemos más cerca, en el ambiente concreto en el que nos movemos. Así, vamos construyendo en el otro “el bien más precioso y efectivo, que es el de la coherencia con la propia vocación cristiana” (Juan Pablo II).

Cómo vivir la Cuaresma

1. Arrepintiéndome de mis pecados y confesándome

Pensar en qué he ofendido a Dios, Nuestro Señor, si me duele haberlo ofendido, si realmente estoy arrepentido. Éste es un muy buen momento del año para llevar a cabo una confesión preparada y de corazón. Revisa los mandamientos de Dios y de la Iglesia para poder hacer una buena confesión. Ayúdate de un libro para estructurar tu confesión. Busca el tiempo para llevarla a cabo.

2. Luchando por cambiar

Analiza tu conducta para conocer en qué estás fallando. Hazte propósitos para cumplir día con día y revisa en la noche si lo lograste. Recuerda no ponerte demasiados porque te va a ser muy difícil cumplirlos todos. Hay que subir las escaleras de un escalón en un escalón, no se puede subir toda de un brinco. Conoce cuál es tu defecto dominante y haz un plan para luchar contra éste. Tu plan debe ser realista, práctico y concreto para poderlo cumplir.

3. Haciendo sacrificios

La palabra sacrificio viene del latín sacrum-facere, que significa “hacer sagrado”. Entonces, hacer un sacrificio es hacer una cosa sagrada, es decir, ofrecerla a Dios por amor. Hacer sacrificio es ofrecer a Dios, porque lo amas, cosas que te cuestan trabajo. Por ejemplo, ser amable con el vecino que no te simpatiza o ayudar a otro en su trabajo. A cada uno de nosotros hay algo que nos cuesta trabajo hacer en la vida de todos los días. Si esto se lo ofrecemos a Dios por amor, estamos haciendo sacrificio.

4. Haciendo oración

Aprovecha estos días para orar, para platicar con Dios, para decirle que lo quieres y que quieres estar con Él. Te puedes ayudar de un buen libro de meditación para Cuaresma. Puedes leer en la Biblia pasajes relacionados con la Cuaresma.

Fuente: aciprensa

Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2018

Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2018

«Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (Mt 24,12)

Queridos hermanos y hermanas:

Una vez más nos sale al encuentro la Pascua del Señor. Para prepararnos a recibirla, la Providencia de Dios nos ofrece cada año la Cuaresma, «signo sacramental de nuestra conversión», que anuncia y realiza la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida.

Como todos los años, con este mensaje deseo ayudar a toda la Iglesia a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia; y lo hago inspirándome en una expresión de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (24,12).

Esta frase se encuentra en el discurso que habla del fin de los tiempos y que está ambientado en Jerusalén, en el Monte de los Olivos, precisamente allí donde tendrá comienzo la pasión del Señor. Jesús, respondiendo a una pregunta de sus discípulos, anuncia una gran tribulación y describe la situación en la que podría encontrarse la comunidad de los fieles: frente a acontecimientos dolorosos, algunos falsos profetas engañarán a mucha gente hasta amenazar con apagar la caridad en los corazones, que es el centro de todo el Evangelio.

Los falsos profetas

Escuchemos este pasaje y preguntémonos: ¿qué formas asumen los falsos profetas?

Son como «encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad.

Otros falsos profetas son esos «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas. Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido. Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de amar. Es el engaño de la vanidad, que nos lleva a pavonearnos… haciéndonos caer en el ridículo; y el ridículo no tiene vuelta atrás. No es una sorpresa: desde siempre el demonio, que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44), presenta el mal como bien y lo falso como verdadero, para confundir el corazón del hombre. Cada uno de nosotros, por tanto, está llamado a discernir y a examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de estos falsos profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien.

Un corazón frío

Dante Alighieri, en su descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en un trono de hielo; su morada es el hielo del amor extinguido. Preguntémonos entonces: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros?

Lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, «raíz de todos los males» (1 Tm 6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos. Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras «certezas»: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas.

También la creación es un testigo silencioso de este enfriamiento de la caridad: la tierra está envenenada a causa de los desechos arrojados por negligencia e interés; los mares, también contaminados, tienen que recubrir por desgracia los restos de tantos náufragos de las migraciones forzadas; los cielos —que en el designio de Dios cantan su gloria— se ven surcados por máquinas que hacen llover instrumentos de muerte.

El amor se enfría también en nuestras comunidades: en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium traté de describir las señales más evidentes de esta falta de amor. estas son: la acedia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo misionero.

¿Qué podemos hacer?

Si vemos dentro de nosotros y a nuestro alrededor los signos que antes he descrito, la Iglesia, nuestra madre y maestra, además de la medicina a veces amarga de la verdad, nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno.

El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos, para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida.

El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia. A este propósito hago mía la exhortación de san Pablo, cuando invitaba a los corintios a participar en la colecta para la comunidad de Jerusalén: «Os conviene» (2 Co 8,10). Esto vale especialmente en Cuaresma, un tiempo en el que muchos organismos realizan colectas en favor de iglesias y poblaciones que pasan por dificultades. Y cuánto querría que también en nuestras relaciones cotidianas, ante cada hermano que nos pide ayuda, pensáramos que se trata de una llamada de la divina Providencia: cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad?

El ayuno, por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre.

Querría que mi voz traspasara las fronteras de la Iglesia Católica, para que llegara a todos ustedes, hombres y mujeres de buena voluntad, dispuestos a escuchar a Dios. Si se sienten afligidos como nosotros, porque en el mundo se extiende la iniquidad, si les preocupa la frialdad que paraliza el corazón y las obras, si ven que se debilita el sentido de una misma humanidad, únanse a nosotros para invocar juntos a Dios, para ayunar juntos y entregar juntos lo que podamos como ayuda para nuestros hermanos.

El fuego de la Pascua

Invito especialmente a los miembros de la Iglesia a emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo.

Una ocasión propicia será la iniciativa «24 horas para el Señor», que este año nos invita nuevamente a celebrar el Sacramento de la Reconciliación en un contexto de adoración eucarística. En el 2018 tendrá lugar el viernes 9 y el sábado 10 de marzo, inspirándose en las palabras del Salmo 130,4: «De ti procede el perdón». En cada diócesis, al menos una iglesia permanecerá abierta durante 24 horas seguidas, para permitir la oración de adoración y la confesión sacramental.

En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene del «fuego nuevo» poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica. «Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu», para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad.

Los bendigo de todo corazón y rezo por ustedes. No se olviden de rezar por mí.

Vaticano, 1 de noviembre de 2017
Solemnidad de Todos los Santos

Francisco

Mensaje del Obispo de Tacna y Moquegua para la Cuaresma 2018

Mensaje del Obispo de Tacna y Moquegua para la Cuaresma 2018

“Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas” (Sal. 24,6)

Queridos hermanos y hermanas:

Demos gracias a Dios, rico en misericordia, que nos permite prepararnos a la Pascua de su Hijo, Redentor del hombre, recorriendo nuestra propia historia de la salvación, inspirados en la Cuaresma como tiempo y espacio decisivos para un “reencuentro” con Cristo, quién nos ofrece su perdón y nos invita a la reconciliación con Dios, con los hermanos y con la creación, expresión de su amor y omnipotencia.

Podemos afirmar, por tanto, qué llegado este tiempo, los cristianos somos invitados a vivir la Santa Cuaresma con disposición renovada, diferente, más profunda en relación a los años anteriores, pues, con la ayuda divina, año tras año, podemos profundizar en la inteligencia del misterio de nuestra salvación que este tiempo nos ofrece. El mensaje de conversión siempre es nuevo e infinito como para pensar que ya lo hemos agotado, comprendido y hecho nuestro; pues si fuera así, la Iglesia, no nos invitaría todos los años a pasar por este tiempo de conversión.Entonces, si el Señor nos ofrece su amistad y su perdón –mensaje central de la Cuaresma-, cada uno debe iniciar este volver a Dios con un corazón contrito y humilde como nos dice el Salmo 50. Se entiende ahora, porqué desde el primer día de la Cuaresma la Iglesia nos dice qué: “Si hoy escuchas su voz no endurezcas tu corazón” (Sal. 94,8)

La Santa Cuaresma culmina y se transforma en la Pascua de Cristo, porque ambas forman un todo, una sola estructura compuesta por noventa días que se inicia con el signo penitencial de la imposición de las cenizas y culmina con el envío del Espíritu Santo, donde por la fuerza del Paráclito nacerá la Iglesia. La Cuaresma tiene su propia temática en orden a la celebración de la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte. La Pascua nos hace vivir en plenitud la Gracia otorgada por Cristo que se ha inmolado en la Cruz por nuestros pecados y ha salido victorioso de la tumba. Los acontecimientos salvíficos que implican estos dos tiempos de la liturgia cristiana nos abre las puertas a una conversión interior que nos permite transformarnos en criaturas renovadas. San Pablo le llama a este misterio obrado por Jesucristo: “El hombre nuevo” (II Cor. 5,17). De este modo cada año que iniciamos el camino cuaresmal hacia la Pascua, lo hacemos de un modo distinto pues nuestra respuesta no es siempre la misma.

¿A QUÉ NOS LLEVA LA CUARESMA?

Como decíamos, la Cuaresma nos conduce a vivir la Pascua del Señor con la ayuda de tres momentos y estos son:

  1. Morir al pecado y a las seducciones del mundo que nos reduce a ser mundanos, despersonalizados, con el riesgo de olvidarnos de nuestra misma esencia de cristianos.
  2. Identificarnos con Cristo, pasando por su Pasión y Cruz a la gloria de la resurrección, y así celebrar con Jesucristo que vive eternamente el nacimiento a la vida nueva.
  3. Vivir como discípulo del Resucitado anunciando la Buena noticia de la salvación con el testimonio de una vida que ha sido elevada a la condición de Hijo de Dios por el Hijo.

Podemos ahora entender mejor la importancia que tiene para la comunidad cristiana el vivir con responsabilidad y madurez de fe los cuarenta días de este tiempo litúrgico que evocan los cuarenta días de ayuno del Señor en el desierto, los cuarenta días del diluvio, los cuarenta años del pueblo de Israel en el desierto camino a la tierra prometida, y los cuarenta días en que Jonás predicó la penitencia en Nínive. Esto nos habla de un itinerario cuaresmal, se convierte en un signo sagrado, a través del cual Dios nos habla, nos invita a la purificación del corazón, a recorrer nuestro propio desierto donde afrontaremos la tentación del maligno que nos quiere inducir a ser idólatras a tener una vida totalmente alejada de Dios. El Santo Padre Francisco en su Mensaje para la Cuaresma de este año nos dice que:

“Una vez más nos sale al encuentro la Pascua del Señor. Para prepararnos a recibirla, la Providencia de Dios nos ofrece cada año la Cuaresma, signo sacramental de nuestra conversión, que anuncia y realiza la posibilidad de volver a Dios con todo el corazón y con toda la vida”

Francisco habla de que la Cuaresma es un “signo sacramental” de nuestra conversión, se dispone a ser un signo de lo sagrado, un “sacramento del tiempo”. Así lo reza la oración colecta del primer Domingo de Cuaresma:

“Dios todopoderoso, por medio de las prácticas anuales del sacramento cuaresmal concédenos progresar en el conocimiento de Cristo, y conseguir sus frutos con una conducta digna”

He aquí una propuesta de la Santa Madre Iglesia hecha súplica que me permite reflexionar con Ustedes, mis queridos hermanos y hermanas, cómo debemos concretar nuestro caminar para este año que Dios nos regala. En primer lugar, nos habla de las prácticas cuaresmales, ¿cuáles son éstas?  Es el trinomio: Oración, Limosna y Ayuno que el texto evangélico de Mateo nos recuerda que Jesús enseñó a sus discípulos: “Cuándo hagas limosna (…), cuándo ores (…), cuando ayunes; hazlo con sinceridad de corazón y no cómo los hipócritas” (Mt. 6,1 y ss). La familia cristiana está llamada a reflexionar, personal y comunitariamente, sobre esta invitación que nos hace el Maestro y la advertencia para que sea grata a Dios. El Papa Francisco nos explica el modo de vivir estas prácticas evangélicas:

“El Hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos, para buscar finalmente el consuelo de Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida. El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia (…) El ayuno, por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre” (Mensaje por la Cuaresma 2018).

Invito a que cada uno de nosotros apliquemos y concretemos lo que nos dice el Papa; pues todos podemos sacar propósitos concretos, por ejemplo:

ORACIÓN

¿Cómo podemos mejorar en la calidad e intensidad de nuestra vida de oración? ¿Nos contentamos con los rezos que hacemos de manera rutinaria y monótona? ¿Nos justificamos con mucha facilidad de qué no tenemos tiempo para hablar con Dios –que eso es la Oración-¿Tengo poco contacto con la Palabra de Dios, o no la medito; me resisto a qué Dios me hable por medio de la Sagrada Escritura por miedo a reconocerme de verdad cómo soy? ¿Llevo a la oración mis hermanos, intercedo por ellos ante Jesús, o sólo me limito a pedirle favores para mí?

AYUNO Y PENITENCIA

Con respecto al ayuno y a la penitencia como expiación de nuestros pecados y desagravio por las ofensas que cometemos a Dios cada vez que ofendemos a los hermanos y degradamos su dignidad de personas y de hijos de Dios cuando los utilizamos como simples objetos de la cultura actual del descarte;¿aceptamos a través de esta práctica la lucha contra nuestros defectos y apetitos desordenados que nos inducen a ser personas egoístas y caprichosas? El trabajo personal y colectivo por ser personas y miembros de una sociedad: civil y eclesial, que refleja la calidad de sus integrantes, nos invita a tener dominio de nosotros mismos, apelando a la responsabilidad personal y que, obviamente, no se reduce a la abstinencia de alimentos, sino que tiene que ser llevado a un contexto mucho más amplio y trascendental, como sería el ayuno del hombre viejo. El ayuno del pecado. La renuncia a los propios diseños de vida para abrazar el Plan salvífico que Cristo nos ofrece.

Por ello preguntémonos: ¿sí soy capaz de privarme de un plato de comida, pero no de privarme de mis rencores, de mis odios, de mis deseos de venganza, de mis tiempos que no los comparto con los demás, de mis gustos personales, los cuales no los antepongo a las necesidades de mis hermanos, verdaderamente ese es el ayuno que Dios me pide?

La renovación interior debe estar acompañada por una austeridad exterior, expresión de nuestro desprendimiento interior. La “muerte al pecado” se puede enfrentar con pequeños sacrificios de cada instante, el Señor no nos pide, de ordinario, grandes sacrificios y desprendimientos, al contrario, lo que el Señor Jesús nos pide es que luchemos por ser responsables en nuestras obligaciones, en ser puntuales, en luchar contra la pereza, en luchar contra la mediocridad que se expresa de muchas formas: a veces haciendo las cosas mala manera, otras esperando que nos estimulen con halagos o regalos, de lo contrario difícilmente haremos algo con visión sobrenatural. Curiosamente, el que no quiere renunciar a nada, por ser feliz y hacer feliz a los demás, se escandaliza con facilidad de qué la Iglesia siga proponiendo a sus hijos este tipo de prácticas para una auténtica conversión de vida.

Me atrevo a decir, que lo que más estorba hoy en día a un sano recogimiento y dominio de uno mismo, es el miedo al sacrificio, a renunciar a algo, o a uno mismo, por eso nos llenamos de propuestas efímeras y de palabrería. Termino este punto señalando que de muchas maneras podemos vivir el ayuno y la abstinencia, siempre y cuando valoremos la radicalidad de porque vivo esta ascesis en mi vida, y la respuesta válida y consistente será para que Cristo viva en mí y yo viva dispuesto a vivir por mis hermanos.

LA LIMOSNA

Por último, consideremos la práctica cristiana de la limosna. El Libro de Tobías dice:

“Da limosna de tus bienes, y no apartes tu rostro de ningún pobre; así conseguirás que tampoco de ti se aparte el rostro del Señor. Usa de misericordia con todas tus fuerzas. Si tienes mucho, da con abundancia; si poco, procura dar de buena gana aun lo poco; pues con eso te atesoras una gran recompensa para el día de la angustia. Porque la limosna libra de todo pecado y de la muerte. (Tob. 4, 7-12).

He aquí una invitación maravillosa para ser solidarios con los hermanos necesitados. En primer lugar, el Señor nos pide que vivamos la solidaridad con el necesitado lo cual siempre será actual y vigente; en segundo lugar la práctica de la limosna no se reduce en dar dinero o un plato de comida, sino principalmente, en salir de nosotros mismos para ir al encuentro del que me necesita de tan variadas formas, asistiéndolo en sus necesidades materiales y espirituales. Por otra parte, si la mendicidad en la calle nos provoca normalmente desconfianza, no por ello estamos justificados al cien por ciento, porque puede ser un escape a nuestra falta de generosidad y calificar a todos como unos timadores. Por ello, debemos plantearnos seriamente nuestra propia aportación a las acciones de servicio en favor de los necesitados, a través de las distintas entidades de caridad y solidaridad.

En nuestra Diócesis, por ejemplo, llevamos varios años empeñados en sacar adelante el Centro de Terapia para niños y adolescentes con habilidades mentales distintas, en la actualidad se atiende aproximadamente a más de cien niños; Dios mediante se iniciará la construcción de los edificios del Centro de Terapia. Pero no sólo eso, pues también la Diócesis se ha propuesto emprender el proyecto del Centro de Intermediación Laboral para personas adultas con discapacidad tronco inferior, no obstante, gozan de facultades para manejarse y poder obtener un oficio que les ayude a sostenerse y sostener a su familia. Por otra parte, la Caritas Diocesana, está abocada a manifestar la caridad de todos los cristianos en sus diversas actividades que ella fomenta e impulsa, como por ejemplo con los hermanos de la tercera edad, etc. Asimismo, urge impulsar en todas las parroquias el “Banco de Alimentos” con el cual la comunidad parroquial debería estar atendiendo a los más necesitados de su parroquia.

Como se observa por lo dicho, nuestro compromiso en este ámbito nos abre múltiples posibilidades. Quisiera hablar de una de ellas; yo la llamo “La Limosna de nuestro Tiempo”. Si con facilidad nos engañamos con el argumento de que no puedo aportar dinero al necesitado o a ciertas obras de misericordia porque yo también tengo gastos y a las justas me alcanza; pues es mayor nuestro engaño cuando se trata de dar, de “regalar nuestro tiempo”. ¡Qué difícil se nos hace!, ahí nos damos cuenta lo mezquinos que podemos ser y lo mucho que nos cuesta involucrarnos en la vida de los demás por temor a ser rechazados o incomprendidos. El Santo Padre Francisco en su visita que nos regaló a nuestro país nos dio un impresionante testimonio de dar la “limosna del tiempo”. Cuando llegó a nuestro país era evidente su cansancio, su agotamiento, más cuando se dirigía a la Nunciatura y en la medida que iba notando miles de personas que le saludaban y salían a su encuentro, el Papa se olvidó de su cansancio físico y se volcó y dio su tiempo, es decir: se dio el mismo. Eso es lo que nos pide Jesús y el Santo Padre, me atrevo a decir que lo ha aprendido del Maestro; Jesús, nos dicen los Evangelios, se cansaba, más cuando veía a la gente sentía compasión de ellas y comenzaba a enseñarles, a curarlas, porque estaban como ovejas sin pastor (Mt. 9,36).

Queridos hermanos y hermanas, convencido estoy que el cristiano, la cristiana superará su temor a entregarse, su egoísmo camuflado en cansancios y justificaciones tontas, en la medida que se deje transformar por el amor de Cristo y cargar con la Cruz que el Señor le ofrece sin remilgos, sin contemplaciones. Que dados estamos para compadecernos de nosotros mismos y que duros somos para tener compasión del hermano que nos necesita.

SUGERENCIAS PARA VIVIR MEJOR ESTE TIEMPO

Así como en los primeros inicios de la Iglesia, los catecúmenos eran preparados con esmero para la recepción del sacramento del Bautismo en la noche solemne de la Vigilia Pascual, del mismo modo ahora, nosotros los bautizados y miembros de la Iglesia, tenemos que hacer de la Cuaresma un tiempo de gracia y conversión permanentes. La Cuaresma nos recuerda que siempre el cristiano es un catecúmeno, es decir un iniciado, un fiel que no se considera un “cristiano adulto”, engreído, al contrario, apela a su condición de iniciado de “niño recién nacido para apetecer “la leche espiritual pura” (I Ped. 2,1). Sólo así vivimos la Cuaresma –tiempo de conversión, de cambio de mentalidad- para llegar a la Pascua con la confianza de que Cristo nos ha liberado del pecado. Convertirse significa dejarse mirar y salvar por Cristo.

El camino de la conversión propuesto para todos los creyentes consiste en vivir tres dimensiones de la vida evangélica y del discipulado.

  1. Vivir un camino de Fe que responda a las exigencias actuales

A veces, muchos hermanos y hermanas dan la impresión de que su crecimiento como personas y cristianos no ha sido armónico; me explico, cronológicamente han crecido, somáticamente también, pero en la fe se ha dado el fenómeno del “infantilismo espiritual”, son como “niñitos”, cristianos que no han crecido en su fe, pueden tener 20, 30 50, o 60 años, pero siguen siendo unos infantes en su fe, ésta no los sostiene en su vida diaria, aún más la han abandonado y se han convertido en críticos y disidentes de la fe y de la Iglesia. Ellos critican, cuestionan y denuncian los llamados “pecados de la Iglesia, los pecados de los “curas”, están a favor del aborto, no están de acuerdo de que la Iglesia no apruebe las uniones del mismo sexo, y así tantos reproches más que les lleva a alejarse de la fe y de la Iglesia. Considero que es un problema de nuestro tiempo, que lejos de escandalizarnos nos tiene que llevar a “dar razón de nuestra esperanza a quien nos los pida” como nos aconseja San Pedro (I Ped. 3,15)

Estos hermanos, lejos de criticarlos hay que acercarlos a esta Iglesia que es comparada por el Papa Francisco como un “hospital de campaña”, la Iglesia Madre, la Iglesia Maestra en la Fe, pero sobre todo la Iglesia Madre de Misericordia y juntos caminar, no por separados, asumiendo que la Iglesia, como familia, tiene tantos hijos y tan diversos que nos obliga a ayudarnos unos a otros. Digámosle a esos hermanos que su fe no los sostiene: “¿Y tú crees que yo estoy a favor de lo que tú denuncias? Seamos claros y transparentes comprendamos al pecador no justifiquemos el pecado. Debemos esforzarnos por ser auténticos cristianos siendo sostenidos por la Fe, para responder con el testimonio de vida a los retos y desafíos de este mundo que nos ha tocado vivir. La dimensión bautismal, es decir, vivir siempre en un catecumenado permanente, nos lleva a ser humildes servidores y atentos a escuchar lo que el señor nos pide.

Que en esta Cuaresma lleguemos a proponernos metas muy concretas de compromiso cristiano, que salgamos al frente de los desafíos que plantea hoy la Nueva Evangelización a los discípulos de Jesús; pero por ninguna razón excluirnos de ser cristianos auténticos y testigos veraces del Señor Resucitado.

      2.Vivir en una actitud permanente de escuchar la Palabra de Dios.

Un camino de fe tiene que tener siempre una referencia a la Palabra Divina que, en este caso, es la que la Liturgia cuaresmal ha preparado, tantos para los días de feria como para los cinco domingos de Cuaresma, y que nosotros la escuchamos y recibimos como creyentes, como iniciados, como si fuera la primera vez que entramos en contacto con aquellos textos sagrados. La cuidadosa selección de textos para este tiempo de renovación interior expresa con claridad la pedagogía de la Iglesia, cuya respuesta nuestra sería la de un mayor compromiso que nos lleve a una lectura personal diaria de los textos que han sido proclamados o, también, iniciar la rica experiencia de hacer en familia la Lectio Divina, por ejemplo, con los personajes bíblicos de la Cuaresma. San Gregorio Magno (590-604) solía afirmar que Dios dirige a su Iglesia con su Palabra y con el ejemplo de los santos.

Los personajes que presentan las lecturas de las Misas, sea diaria como dominical, aparecen como ejemplos de una enseñanza que se quiere transmitir, porque el mensaje que ofrece la Palabra de Dios tiene fuerza para transformar una vida, una sociedad, una cultura. Los personajes bíblicos en los ciclos de catequesis catecumenales de la Iglesia primitiva se centran, por ejemplo, en la Samaritana, el Ciego de nacimiento, Lázaro, etc. Un personaje bíblico ayuda a entrar en la trama entre la voluntad de Dios y la voluntad del hombre, en su encuentro o desencuentro, en el cambio de mentalidad y de comportamiento que exige la Palabra de Dios; piénsese en el profeta Jonás, o en Moisés, que es elegido para sacar al pueblo de Israel de una esclavitud que duró cuatrocientos años.

De la mano de los personajes bíblicos entramos en nosotros mismos y nos preguntamos: ¿qué quiere Dios de mí?; sí yo reconozco que la salvación del hombre se da hoy y ahora y que Dios actúa a través de los que llama a su servicio, entonces necesariamente me debo cuestionar sobre la invitación que Dios me hace a colaborar con la Obra de la Redención. Estamos acostumbrados a que Dios se fije en otros, admiramos el ejemplo maravilloso de los santos, pero cuando el drama de la vocación y del servicio tiene un nombre, el mío, me resisto, me hago para atrás. En ese momento la Palabra de Dios –más eficaz que espada de doble filo (Heb. 4,12)- me interpela y cuestiona a través del personaje del texto bíblico. Yo puedo ser ahora un Jonás, o puedo ser Lázaro que llevo tres días en el sepulcro, o puedo ser el mismísimo Tentador, cuando me convierto en piedra de escándalo para mis hermanos, o puedo ser el rico Epulón o el pobre Lázaro, o puedo ser Naaman el sirio con mi lepra a cuestas, resistiendo a obedecer al profeta Eliseo. Podría seguir nombrando a tantos hombres como mujeres que por su reacción y comportamiento me hablan de mi respuesta a la Gracia de Dios.

La cuaresma si la vivimos en todo su esplendor y enseñanza entonces lograremos llegar a la Pascua del Jesús como hombres verdaderamente renovados y habiendo tenido la compasión de Dios que borra mis pecados cada vez que me acerco al sacramento de la Penitencia.

MARÍA EN LA CUARESMA

Quisiera terminar mi carta por la Cuaresma, deteniéndome en María, la madre de Jesús, pues ella ocupa un lugar preferencial, si bien oculto, a lo largo de todo este tiempo litúrgico y que en el tiempo de la Pascua va a superar en evidencia el rol discreto que ocupó en la Cuaresma; efectivamente, María es la encargada de mantener la fe de los discípulos de su Hijo hasta la venida del Espíritu Santo (Hech. 1,14). Ella congrega en oración a los que fueron testigos de la pasión, muerte y resurrección, para que una vez traspasados por el fuego del Espíritu Consolador, puedan salir por todo el mundo a ser Testigos de cristo que vive en ellos.

María como modelo de la Iglesia nos plantea tres consideraciones:

1.- María acompaña a todos sus hijos de la misma forma que acompañó, escondida y silenciosamente, a su Hijo. Desde Belén a Nazaret en los años de vida oculta de Jesús, hasta en los años de vida pública en Jerusalén, Caná, etc. Lo acompaña especialmente en su recorrido al Gólgota, recibe desde la cruz la dimensión nueva de ser La Madre de los creyentes de su Hijo. En definitiva, la vida de María es una existencia de crecimiento, de peregrinación en la fe, en la esperanza y en el amor.

2.- María es modelo de la Iglesia fecunda que engendra nuevos hijos, los nutre y alimenta, los ayuda a crecer y a vivir con la llamada específica que Jesús, Esposo de la Iglesia, concede a cada uno de los creyentes. La Iglesia “copia” los sentimientos y las actitudes de María en relación a su maternidad y así, ella –la Iglesia- que nació del costado de Cristo muerto en la Cruz, sigue siendo sacramento universal de salvación. María siendo miembro preeminente de la Iglesia, marca el caminar de ella y la cuida y, sobre todo, cuida y protege a todos los hijos que hemos sido engendrados para la vida divina.

3.- María, en su vocación de Madre de la Iglesia, le ha sido confiado el ministerio de la intercesión y de la consolación. El título de refugio de los pecadores y consuelo de los afligidos, la sitúa en el delicadísimo encargo de ayudar a toda la Iglesia como a cada uno de sus miembros a la conversión de vida, hacia una auténtica reforma de la Iglesia y de sus hijos que deben tender siempre a lo genuino, a lo primigenio, a lo único que verdaderamente vale la pena. Jesús, a lo largo de su ministerio nos dijo claramente: “¿De qué le vale al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? (Mt. 16,26), “No pongan su corazón en las riquezas de este mundo”; y así podríamos recordar a modo de una cadencia musical la importancia de volver a centrar nuestra vida en lo que vale la pena.

Un Padre de la Iglesia –un gran teólogo- Andrés de Creta, compuso esta oración con la que termino mi carta:

Madre de Dios, esperanza y protección de quien te celebra,

Líbrame del grave peso de mi pecado y envuélveme Virgen soberana

En la transformación del arrepentimiento.

Purísima Reina, Madre de Dios, esperanza de quien viene a ti,

Puerto de navegantes en tempestuoso mar, sobre mí con tus plegarias invoca

El perdón del compasivo Creador e Hijo Tuyo.

 AMÉN.

Con mi paternal Bendición y deseándoles a todos los hermanos una renovada Cuaresma y una fecunda Pascua, unidos en la Oración.

14 de febrero, miércoles de ceniza, inicio de la Cuaresma 2018.

+ Marco Antonio Cortez Lara

OBISPO DE TACNA Y MOQUEGUA

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